martes, 14 de agosto de 2012

“Abraham, nuestro padre en la fe”


Preparemos el Año de la Fe


“Abraham, nuestro padre en la fe”

Ur en Caldea de Mesopotamia, como Chimbote, tenía sus encantos, pero Abraham, como tú, soñaba otra cosa.  Anhelaba dejar la condición de nómada y establecerse sobre tierra fecunda y propia.  Con ansia esperaba tener descendientes.  Quería ser padre de un pueblo importante entre todos los pueblos.

Con todo, los deseos de Abraham no eran ajenos a los deseos de Dios y por eso, un día, pudo escuchar el llamado de Dios y responder con fe (cf. Gén 12, 1-4).

1.   “Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre”

El movimiento de fe en Dios implica en primer lugar un dejar lo familiar, lo conocido y acostumbrado.  Implica romper con seguridades, intereses, juicios y prejuicios del lugar.  No hay vida de fe, de obediencia a Dios y a nosotros mismos sin rupturas y crisis.  Finalmente la fe implica salirse de uno mismo, confiarse a otro y creer en su palabra.

Vivir el año de la fe podría llevarnos a pasar por crisis saludables y decidir rupturas necesarias.

2.   “Anda a la tierra que yo te mostraré”

En el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos encontramos a Abraham caminando en medio del “gentío inmenso” de los testigos de la fe.  Los obedientes a Dios caminan por este mundo “confesándose peregrinos y forasteros”.  La fe de estos imantados por la “patria” verdadera es fuerza para emprender el éxodo de la tierra de esclavitud y de muerte, para vencer adversidades y persecuciones, manteniéndose “firmes como si vieran al invisible”.

Refiriéndose al cometido del Año de la Fe el papa nos dice:  “Durante ese tiempo tendremos la mirada fija en Jesucristo, “que inició y completa nuestra fe” (Hb 12, 2):  en el encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano.  La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y del dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección.  En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación”. (Motu proprio).

3.   “Haré de ti un pueblo grande y te bendeciré”

Al llegar a la “tierra prometida”, en la sombra de los árboles de Mambré, (cf. Gén 18, 1-15), Abraham responde a la hospitalidad de Dios ofreciendo hospitalidad a peregrinos.

Con razón Abraham “lo llamaron el amigo de Dios” (San 2, 23): Confiando en “Dios proveerá” (Gén 22, 8),  estaba dispuesto a sacrificar al “hijo de la promesa”.  Había en este amigo de Dios un reflejo del actuar de Dios mismo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

Viendo la aflicción de los descendientes de Abraham en Egipto y escuchando sus gemidos, Yavé se acuerda de su Alianza con Abraham, Isaac y Jacob y “baja” para liberar a su pueblo (cf. Éx 3, 7-15).

Más tarde, nuevamente en tiempos de desolación, Dios por el profeta Isaías recordará al pueblo de Israel: “Reparen en la roca de donde fueron tallados y en la cavidad del pozo de donde fueron excavados. Reparen en Abraham su padre y en Sara que los dio a luz; pues uno solo era cuando lo llamé, pero lo bendije y lo multipliqué” (Is 51, 1-2).

En la plenitud de los tiempos Jesús por su vida, muerte y resurrección universaliza el pueblo de la promesa y dice: “Su padre Abraham se regocijó pensando en ver mi Día; lo vio y se alegró …En verdad, en verdad les digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy” (Jn 8, 56; 58). 

Durante el año de la fe reparemos en la fe de Abraham.  “Bebamos de nuestro propio pozo”.

domingo, 1 de abril de 2012

MARÍA DE MAGDALA: DISCÍPULA Y MISIONERA

Esun gozo personal, rehacer con ustedes, en este tiempo pascual, la meditación
del encuentro de María Magdalena con el Resucitado: Jn 20, 11-18. El relato recibe su inspiración y hasta
ciertas formulaciones del poema bíblico sobre el amor: El Cantar de los
Cantares.


1. Estaba María junto al sepulcro fuera llorando.

Jesús había ayudado a María a salir de una situación
de oscuridad, de enredo y desesperación. Jesús se había fijado en ella y, lejos de despreciarla, le había dado
aliento y fuerza para regresar a su ser. Ella no era nadie y Jesús la llamó a ser integrante del grupo de hombres
y mujeres que seguían a Jesús (cf. Lc 8, 1-3). En la comunidad de Jesús María había encontrado el tesoro, la perla fina
del reino.

Ahora, cerca del sepulcro de Jesús, está
llorando. María busca a Jesús entre los
muertos. Ya no recuerda que Jesús había
anunciado su resurrección y que la tristeza por su ausencia se va a convertir
en alegría. Evidentemente el llanto de
María tiene una connotación muy personal, pero en sus lágrimas podemos
encontrar la desesperación de mucha gente en el mundo que se ve confrontada con
la pérdida de sentido y recursos para vivir. Tu llanto, mi llanto están en el llanto de María. Miremos de cerca los relatos de la
resurrección de Jesús: el desconcierto por la ausencia del Señor es parte de la
fe en su presencia.

Admirable ver como la tristeza de María no tiene nada de parálisis. Inquieta se mueve, mira en todas las
direcciones, ve señales, escucha voces, hace preguntas. Todavía no reconoce al Señor, pero intuye y
siente que él la envuelve. “No lo
buscaría, sino lo hubiera encontrado ya.”

2. Jesús le dice: “María” y ella le dice: “Rabbuní”


Nadie puede decir el nombre de María, como lo dice
Jesús. Solo él es el Buen Pastor que
conoce a cada una de sus ovejas, que ama a cada una en su originalidad y es
capaz de dejar a cien ovejas en el desierto para buscar la perdida. Cuando la encuentra, se alegra; la carga
sobre sus hombros, la lleva a casa y convoca para una fiesta.

Para María, reconocer a Jesús también significa,
reconocer su propia vocación, la de ser discípula de este maestro. María no quiere, sino revelar, como Jesús, el
“rostro humano de Dios y el rostro divino de cada ser humano”. María quiere ser miembro de la Iglesia de
Jesús en este mundo, anunciar su Palabra, celebrar su presencia y hacer sus
mismas obras.

3. Le dice Jesús: “Suéltame…y anda a decir a mis
hermanos…”


La fe de María siempre tendrá que madurar y
purificarse. El Resucitado no es Jesús
Nazareno ubicable en el tiempo y en el espacio. Creer en su presencia, conlleva sufrir por su ausencia. Siempre será difícil creer y no haber visto,
creer en la presencia de Cristo y no poder tocarlo con las manos, creer en su
cercanía amorosa y no poder retenerlo con su abrazo. María y los discípulos de todos los tiempos
tienen que aprender lo que pide una lindísima oración de Benjamín Glz Buelta:
“Señor, necesito tu presencia, un tú inagotable y encarnado que llena toda mi
existencia, y tu ausencia, que
purifica mis encuentros de toda fibra posesiva. Necesito el día claro en el que brillan los colores y se definen los
linderos del camino, y la noche oscura en la que se
afinan mis sentimientos y sentidos”.

Jesús envía a María de Magdala a dar testimonio de su
resurrección. Ella inicia la larga
cadena de quienes, en tiempos y lugares diversos, con su vida y su palabra,
anuncian “lo que sus ojos han visto, los que sus oídos han escuchado y lo que
sus manos han palpado” (cf. 1Jn 1, 1-4): el encuentro con Cristo Resucitado.



No nos cansemos de recordar con Aparecida: “Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro
gozo; seguirlo es una gracia, y trasmitir este tesoro a los demás es un encargo
que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado. Con los ojos iluminados por la luz de
Jesucristo Resucitado, podemos y queremos contemplar al mundo, a la historia, a
nuestros pueblos de América Latina y del El Caribe, y a cada una de sus
personas” (DA 18).

sábado, 17 de marzo de 2012

¡NO HUYAMOS DEL PURGATORIO!

La cuaresma se inició el 22 de febrero con la celebración del miércoles de ceniza. Dejemos resonar en nuestro corazón la exhortación: “¡Conviértete y cree en el Evangelio!”.
La cruz de ceniza en nuestra frente anuncia la victoria de la vida sobre la muerte, invita a no huir de este purgatorio que es el seguimiento de Jesús en nuestro hoy y aquí.



1. Un tesoro en vaso de barro (cf 2Cor 4, 6-12)

Tú y yo somos hechos de polvo. El barro que somos no se refiere solo a una parte de nuestro ser, a una discapacidad o al pecado en nosotros. Todo nuestro ser tiene de barro. Es cuestión de fábrica. Es condición humana.

Polvo evoca algo muy ordinario e insignificante. Es anónimo y no tiene figura. No tiene consistencia y se desparrama. El viento lo levanta y lo deja donde quiere. Lo pisan todos los caminantes y ni siquiera protesta. Es gris y aburrido. No tiene ni meta ni objetivo. Es lo que queda del que terminó de morir.

Y sin embargo, el vaso de barro que somos es y contiene el tesoro más grande. Por la “bajada” de Jesús a nuestra tierra el polvo que somos ha sido exaltado y comparte el nombre sobre todo nombre (cf Fil 2, 5-11). Nuestra nada está habitada por el Todo. Este vacío recibió plenitud.

El vivir, inclusive con valentía, inteligencia y santidad, nos hará experimentar muchas veces que somos barro, polvo y ceniza; la cuaresma nos viene a recordar que la vida cristiana siempre requiere su purgatorio, ese tiempo para devenir lo que somos, para acoger el regalo de la salvación, para creer en el Amor. “Soy, Señor, la promesa que solo tú puedes cumplir.” (Paul Claudel)



2. “Jesús en popa durmiendo sobre un cabezal” (cf Mc 4, 35-41)

Esta pequeña barca, en medio del lago, en plena noche sacudida por olas tempestuosas, llenándose de agua y de gritos de desesperación de los discípulos, es imagen de la Iglesia de Cristo, sobre todo en estos tiempos. Ya no es la Iglesia católica este crucero majestuoso, único en su esplendor, lleno de vitalidad, respetado por todos, inmutable en sus leyes y creencias, conducido por capitanes intachables…Más y más se parece a la pequeña barca frágil mencionada en varios relatos evangélicos como expresión del ser y de la vocación de la Iglesia de Cristo.

Jesús, durmiendo en popa sobre un cabezal, hace presente el Viernes Santo y todos los viernes santos que sacuden la Iglesia de Cristo siempre desafiada a creer en un Dios presente y ausente. Los tiempos actuales, tan marcados por la lejanía de Dios, hacen doler nuestro corazón de creyentes. Equivocados y pusilánimes soñamos de un retorno del pasado. Nos cuesta encontrar calidad de vida evangélica y métodos pastorales para pasar del inviernismo a señales de nueva primavera.



¿No sería indicado vivir esta lejanía de Dios, esta zozobra del crucero prestigioso como tiempo de purgatorio, como purificación de muchas incoherencias y contradicciones en el glorioso pasado de la Iglesia? ¿Acaso no es urgente, llenar esta cuaresma con la oración que acoge con gratitud el don de la salvación desde la cruz de Cristo? ¿No es necesario una penitencia con renuncias que nos hacen más libres para amar? No deberíamos ayudarnos mutuamente para encarnar el estilo de vida de Jesús en nuestra realidad?

Los gritos desde nuestros purgatorios despiertan a Jesús y por él habrá bonanza en medio de la tempestad.


3. El lugar de la verificación del Reino

En lugar de señalar y enumerar los graves problemas que afectan a la gente aquí en Chimbote, en el país y lejos de nosotros, recordemos con las palabras iniciales de la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes”: “El gozo y la esperanza, las tristezas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo, y nada hay verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón. Pues la comunidad que ellos forman…se siente verdadera e íntimamente solidaria con la humanidad y con su historia”.

Con el inicio del Año de la Fe, el 11 de octubre del 2012 conmemoramos el 50 aniversario de la inauguración de Vaticano II. En la convocación para el Año de la Fe, el Papa nos invita a redescubrir el Concilio Vaticano II como “una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia”.

Vaticano II urge vivir el misterio de la Iglesia como “un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y la unidad de todo el género humano” (LG 1). Vale decir, que la vida cristiana, la “religión” de los discípulos y misioneros de Cristo no puede ejercerse en un “globo” separado del mundo, sino en el mundo, bebiendo su cáliz de alegrías y penas. La oración agradecida, la escucha de la Palabra y el reconocimiento gozoso del Señor en sus sacramentos son regalos a la comunidad cristiana para hacerse presente en la cancha del mundo real y de sus problemas. Por eso rezamos en la Plegaria eucarística V/b: “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado; ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”.

En esta cuaresma tengamos presente que la vida cristiana comprometida al servicio del Reino pasa por el purgatorio: “En verdad, les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Jn 12, 24-25).

domingo, 12 de febrero de 2012

¡VIVA EL TIEMPO ORDINARIO!

Me refiero al tiempo litúrgico ordinario, pero también a lo ordinario de la mayoría de los días del año así como a una historia humana con olor de ordinariedad y a esa vida muy ordinaria que es la mía.

1. Las grandes fiestas cristianas son regalos muy preciosos. Hacen memoria de Jesús que acampa en medio de nosotros y nos comunica desde la cruz su Espíritu para que seamos fieles a la condición humana y como Él sirvamos el reino de Dios.

Tendemos a malograr la celebración de nuestras grandes fiestas religiosas por muchas ambigüedades y comprendemos a Dios que nos dice: “¡Aparta de mí el ronroneo de tus canciones, no quiero oír la salmodia de tus arpas! ¡Que fluya, sí, el derecho como agua y la justicia como arroyo perenne!” (Amós 5, 23-24). Por eso, regresar al tiempo ordinario, muchas veces, significa regresar a la verdad.

2. La vida ordinaria pone a prueba nuestras declaraciones y afirmaciones solemnes. Sí, pienso en este momento en lo que queda como desafío para la Iglesia chimbotana después de la reciente semana pastoral diocesana: esmerarnos para que la relación con Cristo sea una experiencia vivencial; optar por un estilo de vida conforme al suyo en medio de una realidad que diariamente produce desgracia y engendra a pobres; atraer desde comunidades cristianas que hacen conocer, amar y seguir a Jesús.

3. Los actores más reales, visibles y decisivos de la vida ordinaria son los humildes de este mundo. Jesús encuentra entre ellos a los pobres abiertos a su Espíritu, a los misericordiosos en medio de tanta dureza de corazón, a los practicantes de mansedumbre en medio de tanta violencia, a los corazones puros en un mercado de bajezas y traiciones de lo humano, a constructores de paz en medio de enfrentamientos y serruchadas de piso, a fidelidades que son más fuertes que la calumnia y la persecución (cf. Mt 5, 1-12).

4. La vida ordinaria tiene su tesoro discreto y de oro puro allí donde no lo sospechamos: “El amor es paciente, es amable; el amor no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (1Cor 13, 4-7). “El que ve en lo secreto”, encuentra el tesoro y mejor que ni tú ni otra persona lo hayan manoseado.

5. En la vida diaria nos llueven noticias malas y nos vemos, más de una vez, rodeados y acorralados por la desgracia. Nos cuesta creer que “allí donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia” (cf Rom 5, 20).

Por eso es tan importante, ejercitarse en la mística de los ojos abiertos, caminar por nuestros desiertos al acecho de la manifestación del Señor. Allí donde se practica la solidaridad, allí donde se defienden los derechos humanos, allí donde se acompaña con amistad y ternura una vida dolorida, pisas tierra santa y habla tu Dios desde “la zarza ardiente”.

6. Durante la reciente semana pastoral en Chimbote se manifestaban y se ocultaban inspiraciones pastorales variopintas. A estas alturas de la religión en el país y en el mundo la unidad en la acción pastoral parece complicadísima. Sin embargo, para los cristianos hay un sendero obligatorio para todos los carismas y todas las modalidades pastorales: el seguimiento de Cristo hoy en nuestra realidad. Si nos dejamos polarizar por el Señor y su reino, pues, hablemos de comunión en la diferencia.

7. Compañera en la vida ordinaria también es la hermana muerte. A veces, con impotencia, la veo lejos de mi escenario y no puedo sino profundizar el misterio de la historia humana y tomar posición aquí y ahora. A veces la muerte rompe los tejidos de familia y amistad que se quieren eternos. A veces me hace señas mi propia muerte.

¿Hemos aprendido a entregar nuestras vidas? “Mi vida, nadie me la quita; yo la doy voluntariamente” (Jn 10, 18).

Con frecuencia brota de mi corazón la oración-colecta del domingo 28 del tiempo ordinario litúrgico: “Que tu gracia, Señor, continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien”.

martes, 7 de febrero de 2012

¡NO PERMITAMOS QUE ENVEJEZCA EL AÑO NUEVO!

1. ¡Evitemos las recaídas!

Con alegría desbordante hemos celebrado la llegada del Año Nuevo. Sin piedad hemos despedido al año viejo, gastado y malo. De verdad, teníamos ganas de empezar algo nuevo, algo distinto. Además, nosotros mismos queríamos ser nuevos; sabíamos que teníamos culpa y responsabilidad personal en la caducidad e inhumanidad del pasado.

Recordemos ahora las felicitaciones efusivas brindadas a mucha gente allegada. No puede ser que olvidemos los abrazos estrechados con tantos al asomarse el Año Nuevo. Palabras de felicitación y abrazos de paz, si son sinceros, incluyen el compromiso de promover condiciones de felicidad y relaciones de paz.

En su carta a los Colosenses 3, 1-17 San Pablo prodiga consejos oportunos y prácticos para despojarse del hombre viejo y revestirse del hombre nuevo. ¡Meditemos el texto, como ciudadanos y gobierno de este país, y evitemos las recaídas en las mañas del pasado!


2. ¡Aprendamos de los magos de Oriente!

Me encanta el evangelio de la fiesta de Epifanía: Mt 2, 1-12. Este relato, sin fronteras fijas entre hecho histórico, mito y símbolo, te permite navegar con libertad y creatividad. No hay como estos magos para decirnos como mantener joven y brilloso el Año Nuevo.

v No vivían instalados en sus rutinas y costumbres. No se aferraban a sus prejuicios, juicios y pos juicios. No se dejaban paralizar por el miedo, el fracaso y la tristeza. Mantenían viva la capacidad de percibir, cada día, nuevos fulgores, nuevas señales, nuevas estrellas que anuncian que algo nuevo está naciendo.

Pues, para que 2012 se mantenga novedoso, no dejemos de otear cada día el horizonte. En el acontecer, cerca y lejos de nosotros, parpadean realidades e iniciativas que alumbran algo nuevo y prometedor. ¡Obedezcamos a la estrella y pongámonos en camino!

v Los magos no tenían mentalidad de conquistadores e inversionistas. Cruzaban mares sin matar ballenas y focas. Atravesaban selvas sin talar árboles. Pasaban por algunas hermosas lagunas de Cajamarca y antes de fijarse en el brillo del oro en sus fondos, contemplaban la vida precaria de la gente en sus alrededores. No trataban las aguas, los bosques, los animales y los seres humanos como recursos para la macroeconomía: soñaban de proyectos de solidaridad y se detenían en las plazas del mundo para escuchar detenidamente a “los indignados”. Los magos se mantenían jóvenes, porque caminando se convencían que la parte más hermosa de la historia humana y del mundo pertenece al futuro.


v Los magos miraban lejos. Eran políticos sabios y prudentes. Confiaban en la autoridad de las Escrituras Santas, pero no caían en las trampas de Herodes. Tercamente siguen la estrella, pero no encuentran al nuevo rey en un palacio. Se encuentran con Dios, niño frágil en un pesebre, en medio de pobres. Se postran y lo adoran; vinculan para siempre sus proyectos con el suyo.

Mirando lejos, te mantienes joven.


3. El 11 de octubre del 2012: Apertura del Año de la Fe.

El Papa Benedicto XVI ha decidido convocarnos para el Año de la fe como una oportunidad de renovación de la Iglesia. Quiere que la vivencia de la fe y la participación en la Iglesia nos mantengan jóvenes.

Haríamos muy bien en acatar esta iniciativa. Renovación eclesial en la fe siempre incluirá comunión vital con sus fuentes. Pero también implica participación animosa en comunidades cristianas que ven lo que sucede, que lo contemplan con los ojos de la inteligencia y de la fe y que se comprometen solidariamente en lo que nos dará futuro.

“Durante ese tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, “que inició y completó nuestra fe” (Hb 12, 2): en Él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.” (Motu proprio de Benedicto XVI para el Año de la fe, 13).