Preparemos el Año de la Fe
“Abraham, nuestro padre en la fe”
Ur en Caldea
de Mesopotamia, como Chimbote, tenía sus encantos, pero Abraham, como tú,
soñaba otra cosa. Anhelaba dejar la
condición de nómada y establecerse sobre tierra fecunda y propia. Con ansia esperaba tener descendientes. Quería ser padre de un pueblo importante
entre todos los pueblos.
Con todo, los
deseos de Abraham no eran ajenos a los deseos de Dios y por eso, un día, pudo
escuchar el llamado de Dios y responder con fe (cf. Gén 12, 1-4).
1. “Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu
padre”
El
movimiento de fe en Dios implica en primer lugar un dejar lo familiar, lo conocido y acostumbrado. Implica romper
con seguridades, intereses, juicios y prejuicios del lugar. No hay vida de fe, de obediencia a Dios y a
nosotros mismos sin rupturas y crisis.
Finalmente la fe implica salirse
de uno mismo, confiarse a otro y creer en su palabra.
Vivir
el año de la fe podría llevarnos a pasar por crisis saludables y decidir
rupturas necesarias.
2. “Anda a la tierra que yo te mostraré”
En
el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos encontramos a Abraham caminando en
medio del “gentío inmenso” de los testigos de la fe. Los obedientes a Dios caminan por este mundo
“confesándose peregrinos y forasteros”.
La fe de estos imantados por la “patria” verdadera es fuerza para
emprender el éxodo de la tierra de esclavitud y de muerte, para vencer
adversidades y persecuciones, manteniéndose “firmes como si vieran al
invisible”.
Refiriéndose
al cometido del Año de la Fe el papa nos dice:
“Durante ese tiempo tendremos la mirada fija en Jesucristo, “que inició
y completa nuestra fe” (Hb 12, 2): en el
encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama
del sufrimiento y del dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la
victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en
el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con
nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su
resurrección. En él, muerto y resucitado
por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han
marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación”. (Motu
proprio).
3. “Haré de ti un pueblo grande y te bendeciré”
Al
llegar a la “tierra prometida”, en la sombra de los árboles de Mambré, (cf. Gén
18, 1-15), Abraham responde a la hospitalidad de Dios ofreciendo hospitalidad a
peregrinos.
Con
razón Abraham “lo llamaron el amigo de Dios” (San 2, 23): Confiando en “Dios
proveerá” (Gén 22, 8), estaba dispuesto
a sacrificar al “hijo de la promesa”. Había
en este amigo de Dios un reflejo del actuar de Dios mismo: “Tanto amó Dios al
mundo que entregó a su hijo unigénito, para que todo el que crea en él no
perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).
Viendo
la aflicción de los descendientes de Abraham en Egipto y escuchando sus gemidos,
Yavé se acuerda de su Alianza con Abraham, Isaac y Jacob y “baja” para liberar
a su pueblo (cf. Éx 3, 7-15).
Más
tarde, nuevamente en tiempos de desolación, Dios por el profeta Isaías
recordará al pueblo de Israel: “Reparen en la roca de donde fueron tallados y
en la cavidad del pozo de donde fueron excavados. Reparen en Abraham su padre y
en Sara que los dio a luz; pues uno solo era cuando lo llamé, pero lo bendije y
lo multipliqué” (Is 51, 1-2).
En
la plenitud de los tiempos Jesús por su vida, muerte y resurrección
universaliza el pueblo de la promesa y dice: “Su padre Abraham se regocijó
pensando en ver mi Día; lo vio y se alegró …En verdad, en verdad les digo:
antes de que Abraham existiera, Yo Soy” (Jn 8, 56; 58).
Durante
el año de la fe reparemos en la fe de Abraham.
“Bebamos de nuestro propio pozo”.
