Quizás en conversaciones personales con jóvenes o reflexión de pequeño grupo podemos percibir algo de lo que buscan los jóvenes.
Para muchos de ellos la experiencia de la familia en la cual nacieron es un trauma y un drama. Los jóvenes demoran para exponer estas vivencias familiares de sufrimiento y soledad. Haciéndolo quitan fatalidad a muchas frustraciones y manifiestan su deseo de construir familia de una manera diferente.
Tu interlocutor joven admite que el círculo de amigos al cual pertenece, era la única instancia para opinar con autoridad sobre enamoramiento, relaciones sexuales, fidelidad de pareja, aborto o reconocimiento de hijos. Muchas veces tu confidente no era de acuerdo con la mayoría del grupo, pero no se atrevía a manifestar su discrepancia. Recién se abre en él la convicción que la dignidad del ser humano está en el juego en el enamoramiento y sus enredos. Este joven busca una manera nueva de ser.
Cada una y cada uno de los jóvenes de mi pequeño grupo tiene su celular. Varias veces durante las dos horas de reunión se paran, salen y atienden llamadas. Muchos jóvenes mudos en clase, en reunión de amigos o en familia hablan como loro por celular. No cabe duda, están súper conectados. Se comunican con muchas personas y esta modalidad de comunicación les encanta. No logro del todo entender, aprobar y apreciar el fenómeno, pero intuyo que la tecnología de comunicación en manos de los jóvenes expresa búsquedas que tienen algo que ver con el Dios-comunidad, con la Iglesia-comunidad y con la humanidad-comunidad.
Los jóvenes arrastran muchas sombras: maltratos desde los primeros días en este mundo, trabas inscritas en su alma y en su cuerpo, culpas contraídas bajo el peso de leyes o por no haber respondido con amor en determinada situación. El joven, en general, busca oportunidad para hablar de estas sombras. Conversaciones, jornadas y encuentros sobre el tema son de animada participación, operan reconciliación con sombras y revelan profundas búsquedas de los jóvenes.
“Uno busca lo que uno ya ha encontrado”, dirían grandes santos y gente inteligente. Si esto es cierto, entonces por lo que buscan los jóvenes merecen nuestra simpatía y nuestro decidido apoyo. También debemos encontrar elementos de pedagogía y de pastoral juvenil en relación con lo que buscan de verdad los jóvenes. Finalmente no nos cansemos en anunciarles que ningún deseo auténtico y ninguna búsqueda de vida plena son ajenos al deseo y a la búsqueda de Jesús mismo.
“Jóvenes, sus búsquedas son el tesoro más grande que ustedes tienen y constituyen un desafío muy serio para los que caminan con ustedes”.
lunes, 19 de octubre de 2009
lunes, 12 de octubre de 2009
EL “SER” Y EL “HACER” DE LOS FIELES LAICOS
Introducción: a. Para justificar el título: “Los laicos han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad. Esto exige, de parte de los pastores, una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el “ser” y el “hacer” del laico en la Iglesia, quien, por su bautismo y su confirmación, es discípulo y misionero de Jesucristo”. (213)
b. La renovación eclesial depende de la participación de los laicos. Aparecida recuerda: “La renovación de la Iglesia en América no será posible sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del futuro de la Iglesia” (Eam 44). En uno de los artículos más inspirados del documento: “Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y el esfuerzo del Espíritu” (11).
c. Tener presente la realidad de la Iglesia de Chimbote y del laicado en ella.
I. LA VOCACIÓN Y LA MISIÓN DE LOS LAICOS EN EL MUNDO
1. La Iglesia como misterio de comunión: origen y condición de toda vocación eclesial (cf. ChF 8)
a. La Iglesia como misterio de comunión es ciertamente la idea central y fundamental de los documentos de Vaticano II (cf. ChF 19). “Según la imagen bíblica de la viña, los fieles laicos – al igual que todos los miembros de la Iglesia – son sarmientos radicados en Cristo, la verdadera Vid, convertidos por él en una realidad viva y vivificante. Es la inserción en Cristo por medio de la fe y de los sacramentos de la iniciación cristiana, la raíz primera que origina la nueva condición del cristiano en el misterio de la Iglesia, la que constituye su más profunda “fisionomía”, la que está en la base de todas las vocaciones y del dinamismo de la vida cristiana de los fieles laicos” (ChF 9).
b. Comunión y misión en su reciprocidad. “En el pueblo de Dios, la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí... La comunión es misionera y la misión es para la comunión. En las iglesias particulares, todos los miembros del pueblo de Dios, según sus vocaciones específicas, estamos convocados a la santidad en la comunión y la misión” (163).
La comunión eclesial es un don de Dios por invertir en un mundo marcado por la desunión y la falta de integración. “En el fiel cumplimiento de su fiel vocación bautismal, el discípulo ha de tener en cuenta los desafíos que el mundo de hoy le presenta a la Iglesia de Jesús, entre otros: el éxodo de fieles a las sectas y otros grupos religiosos; las corrientes culturales contrarias a Cristo y la Iglesia; el desaliento de sacerdotes frente al vasto trabajo pastoral; la escasez de sacerdotes en muchos lugares; el cambio de paradigmas culturales; el fenómeno de la globalización y la secularización; los graves problemas de violencia, pobreza e injusticia; la creciente cultura de la muerte que afecta la vida en todas sus formas” (185).
2. La vocación específica de los laicos
a. En la visión de la Iglesia como pueblo de Dios y en su teología de la Iglesia – misterio de comunión Vaticano II supera definitivamente la definición negativa y privativa del laico. Aparecida tiene sus razones para recalcar la definición de la vocación laical en Vaticano II: “Los fieles laicos son los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo” (209).
La exhortación apostólica postsinodal “Christifideles Laici”, veinte años después del Concilio, pide buscar “vías concretas para lograr que la espléndida teoría sobre el laicado expresada por el Concilio llegue a ser una auténtica praxis eclesial” (ChF 2). Cabe la pregunta: ¿Por qué la claridad y excelencia de esta definición no penetró en el ser y en el hacer del laicado? ¿Por qué no ayudó suficientemente a dar el paso de un cristianismo de tradición y costumbre social a una fe personalizada y motivada por una mística? ¿Por qué los Obispos en Puebla ven “como un escándalo y una contradicción con el ser cristiano la creciente brecha entre pobres y ricos...una situación de pecado social, de gravedad tanto mayor por darse en países que se llaman católicos?” (cf P 28).
b. Como respondiendo a una debilidad generalizada de la Iglesia latinoamericana y a la inoperancia de muchas vocaciones específicas, Aparecida vitaliza y existencializa la definición clásica del laicado por su espiritualidad del encuentro vivencial con Cristo, como fundamento del discipulado misionero y de toda vocación específica en la Iglesia.
El artículo 243 del documento de Aparecida encierra lo que la V Conferencia General tipifica como condición de renovación eclesial: “El acontecimiento de Cristo es, por lo tanto, el inicio de este sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Esto es justamente lo que, con presentaciones diferentes, nos han conservado todos los evangelios, como inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesús (cf. Jn 1, 35-39)”.
3. La secularidad en la vida laical
a. Aparecida toma de la EN la definición de la secularidad o del rasgo mundano de la misión de los laicos en el mundo: “El ámbito propio de su actividad evangelizadora es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de realidad social y de la economía, como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los “mass media”, y otras realidades abiertas a la evangelización, como son el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento” (210).
“La Christifideles Laici” se preocupó mucho por resaltar, en relación con los misterios de la encarnación y pascual, el carácter secular, mundano de la Iglesia en sí y de todas las vocaciones en ella. “La índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente en sentido sociológico, sino sobre todo en sentido teológico. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales” (ChF 15).
b. Aparecida aquí también, a lo largo del texto, tiene la virtud de existencializar una complicada definición.
v Lo hace recordando que hay una manifestación de Dios mismo en los “signos de los tiempos” (33 y 366), donde hay que discernir su presencia y participar en el alumbramiento del Reino.
v Lo hace invitándonos a “redescrubrir la belleza y la alegría del ser cristiano” (cf. 14). La vida cristiana en el mundo es siempre vida en el “medio divino”. “Jesucristo es plenitud de vida que eleva la condición humana a condición divina para su gloria. “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10). Su amistad no nos exige que renunciemos a nuestros anhelos de plenitud vital, porque Él ama nuestra felicidad también en esta tierra. Dice el Señor que Él creó todo “para que lo disfrutemos” (1 Tm 6, 17). La vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero y desarrolla en plenitud la existencia humana en su dimensión personal, familiar, social y cultural. Para ello, hace falta entrar en un proceso de cambio que transfigure los variados aspectos de la propia vida. Solo así, se hará posible percibir que Jesucristo es nuestro salvador en todo el sentido de la palabra. Solo así, manifestaremos que la vida en Cristo sana, fortalece y humaniza. Porque “Él es el Viviente”, que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta”. La vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar y de aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio, y toda las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero. Podemos encontrar al Señor en medio de nuestras alegrías de nuestra limitada existencia y, así, brota una gratitud sincera” (355 y 356).
v También Aparecida recuerda la dimensión crística de una cruda realidad e historia, extendiéndose en la enumeración de los “rostros sufrientes” de Cristo (cf. 393 y 402).
v También lo hace reafirmando, con nuevos acentos y como una dimensión transversal del quehacer pastoral, la opción preferencial por los pobres (cf. especialmente 391 – 398).
v También lo hace convocándonos a ser de muchas maneras una “iglesia samaritana”, a dar una verificación histórica de la justicia y del amor de Dios en el mundo (cf. 1 Jn 2, 29 y 1 Jn 4, 7).
II. LA VOCACIÓN Y LA MISIÓN DE LOS LAICOS EN LA IGLESIA
1. El laico con autoridad en la Iglesia
Compromiso laical en el mundo y en la Iglesia se condicionan y fecundan mutuamente. “Reconocemos el valor y la eficacia de los consejos parroquiales, consejos diocesanos y nacionales de fieles laicos, porque incentivan la comunión y la participación en la Iglesia y su presencia activa en el mundo. La construcción de ciudadanía, en el sentido más amplio, y la construcción de eclesialidad en los laicos, es un solo y único movimiento” (215).
2. Las comunidades cristianas como lugares de renovación eclesial y afirmación de la vocación laical
a. Razones del abandono de la Iglesia católica por muchísimos. “Según nuestra experiencia pastoral, muchas veces, la gente sincera que sale de nuestra Iglesia no lo hace por lo que los grupos “no católicos” creen, sino, fundamentalmente, por lo que ellos viven; no por razones doctrinales sino vivenciales; no por motivos estrictamente dogmáticos, sino pastorales; no por problemas teológicos, sino metodológicos de nuestra Iglesia. Esperan encontrar respuestas a sus inquietudes. Buscan, no sin serios peligros, responder algunas aspiraciones que quizás no ha encontrado, como debería ser, en la Iglesia” (225). “Nuestros fieles buscan comunidades cristianas, en donde sean acogidos fraternalmente y se sientan valorados, visible y eclesialmente incluidos. Es necesario que nuestros fieles se sientan realmente miembros de una comunidad eclesial y corresponsables en su desarrollo. Eso permitirá un mayor compromiso y entrega en y por la Iglesia” (226).
b. Los Obispos en Aparecida abogan por la animación pastoral de las diócesis por planes de pastoral de conjunto (cf. 168 y 169). Insisten en una enérgica renovación parroquial que convierta la parroquia en comunidad de comunidades (cf. 170 y 172). Felicitan a los movimientos apostólicos así como otras agrupaciones cristianas por su dimensión comunitaria (cf. 99). Piden creatividad para suscitar nuevas comunidades (cf. 173).
c. Reconocen que solo en comunidades cristianas se da la estructura de la identidad de la Iglesia fiel a sus orígenes (cf. 158 y 251).
d. Para la renovación eclesial los Obispos privilegian cuatro ejes: la experiencia religiosa, la vivencia comunitaria, la formación bíblica-doctrinal y el compromiso misionero de toda la comunidad (cf. 226). Hay aquí un solemne reconocimiento de las comunidades cristianas como lugares privilegiados de iniciación en la fe, de formación integral y permanente, de maduración y afirmación de carismas y ministerios (cf. 162) así como compromiso misionero de los laicos.
e. Por comunidades cristianas fieles al evangelio surge esta Iglesia que no crece por proselitismo sino por atracción (cf. 159).
Conclusión: El Proyecto de Renovación Diocesana (PRD) y su afán de promover comunidades cristianas en las cuales se vive el misterio de comunión y se afirman laicas y laicos discípulos y misioneros de Jesús en el mundo y en la Iglesia.
b. La renovación eclesial depende de la participación de los laicos. Aparecida recuerda: “La renovación de la Iglesia en América no será posible sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del futuro de la Iglesia” (Eam 44). En uno de los artículos más inspirados del documento: “Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y el esfuerzo del Espíritu” (11).
c. Tener presente la realidad de la Iglesia de Chimbote y del laicado en ella.
I. LA VOCACIÓN Y LA MISIÓN DE LOS LAICOS EN EL MUNDO
1. La Iglesia como misterio de comunión: origen y condición de toda vocación eclesial (cf. ChF 8)
a. La Iglesia como misterio de comunión es ciertamente la idea central y fundamental de los documentos de Vaticano II (cf. ChF 19). “Según la imagen bíblica de la viña, los fieles laicos – al igual que todos los miembros de la Iglesia – son sarmientos radicados en Cristo, la verdadera Vid, convertidos por él en una realidad viva y vivificante. Es la inserción en Cristo por medio de la fe y de los sacramentos de la iniciación cristiana, la raíz primera que origina la nueva condición del cristiano en el misterio de la Iglesia, la que constituye su más profunda “fisionomía”, la que está en la base de todas las vocaciones y del dinamismo de la vida cristiana de los fieles laicos” (ChF 9).
b. Comunión y misión en su reciprocidad. “En el pueblo de Dios, la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí... La comunión es misionera y la misión es para la comunión. En las iglesias particulares, todos los miembros del pueblo de Dios, según sus vocaciones específicas, estamos convocados a la santidad en la comunión y la misión” (163).
La comunión eclesial es un don de Dios por invertir en un mundo marcado por la desunión y la falta de integración. “En el fiel cumplimiento de su fiel vocación bautismal, el discípulo ha de tener en cuenta los desafíos que el mundo de hoy le presenta a la Iglesia de Jesús, entre otros: el éxodo de fieles a las sectas y otros grupos religiosos; las corrientes culturales contrarias a Cristo y la Iglesia; el desaliento de sacerdotes frente al vasto trabajo pastoral; la escasez de sacerdotes en muchos lugares; el cambio de paradigmas culturales; el fenómeno de la globalización y la secularización; los graves problemas de violencia, pobreza e injusticia; la creciente cultura de la muerte que afecta la vida en todas sus formas” (185).
2. La vocación específica de los laicos
a. En la visión de la Iglesia como pueblo de Dios y en su teología de la Iglesia – misterio de comunión Vaticano II supera definitivamente la definición negativa y privativa del laico. Aparecida tiene sus razones para recalcar la definición de la vocación laical en Vaticano II: “Los fieles laicos son los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo” (209).
La exhortación apostólica postsinodal “Christifideles Laici”, veinte años después del Concilio, pide buscar “vías concretas para lograr que la espléndida teoría sobre el laicado expresada por el Concilio llegue a ser una auténtica praxis eclesial” (ChF 2). Cabe la pregunta: ¿Por qué la claridad y excelencia de esta definición no penetró en el ser y en el hacer del laicado? ¿Por qué no ayudó suficientemente a dar el paso de un cristianismo de tradición y costumbre social a una fe personalizada y motivada por una mística? ¿Por qué los Obispos en Puebla ven “como un escándalo y una contradicción con el ser cristiano la creciente brecha entre pobres y ricos...una situación de pecado social, de gravedad tanto mayor por darse en países que se llaman católicos?” (cf P 28).
b. Como respondiendo a una debilidad generalizada de la Iglesia latinoamericana y a la inoperancia de muchas vocaciones específicas, Aparecida vitaliza y existencializa la definición clásica del laicado por su espiritualidad del encuentro vivencial con Cristo, como fundamento del discipulado misionero y de toda vocación específica en la Iglesia.
El artículo 243 del documento de Aparecida encierra lo que la V Conferencia General tipifica como condición de renovación eclesial: “El acontecimiento de Cristo es, por lo tanto, el inicio de este sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Esto es justamente lo que, con presentaciones diferentes, nos han conservado todos los evangelios, como inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesús (cf. Jn 1, 35-39)”.
3. La secularidad en la vida laical
a. Aparecida toma de la EN la definición de la secularidad o del rasgo mundano de la misión de los laicos en el mundo: “El ámbito propio de su actividad evangelizadora es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de realidad social y de la economía, como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los “mass media”, y otras realidades abiertas a la evangelización, como son el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento” (210).
“La Christifideles Laici” se preocupó mucho por resaltar, en relación con los misterios de la encarnación y pascual, el carácter secular, mundano de la Iglesia en sí y de todas las vocaciones en ella. “La índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente en sentido sociológico, sino sobre todo en sentido teológico. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales” (ChF 15).
b. Aparecida aquí también, a lo largo del texto, tiene la virtud de existencializar una complicada definición.
v Lo hace recordando que hay una manifestación de Dios mismo en los “signos de los tiempos” (33 y 366), donde hay que discernir su presencia y participar en el alumbramiento del Reino.
v Lo hace invitándonos a “redescrubrir la belleza y la alegría del ser cristiano” (cf. 14). La vida cristiana en el mundo es siempre vida en el “medio divino”. “Jesucristo es plenitud de vida que eleva la condición humana a condición divina para su gloria. “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10). Su amistad no nos exige que renunciemos a nuestros anhelos de plenitud vital, porque Él ama nuestra felicidad también en esta tierra. Dice el Señor que Él creó todo “para que lo disfrutemos” (1 Tm 6, 17). La vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero y desarrolla en plenitud la existencia humana en su dimensión personal, familiar, social y cultural. Para ello, hace falta entrar en un proceso de cambio que transfigure los variados aspectos de la propia vida. Solo así, se hará posible percibir que Jesucristo es nuestro salvador en todo el sentido de la palabra. Solo así, manifestaremos que la vida en Cristo sana, fortalece y humaniza. Porque “Él es el Viviente”, que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta”. La vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar y de aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio, y toda las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero. Podemos encontrar al Señor en medio de nuestras alegrías de nuestra limitada existencia y, así, brota una gratitud sincera” (355 y 356).
v También Aparecida recuerda la dimensión crística de una cruda realidad e historia, extendiéndose en la enumeración de los “rostros sufrientes” de Cristo (cf. 393 y 402).
v También lo hace reafirmando, con nuevos acentos y como una dimensión transversal del quehacer pastoral, la opción preferencial por los pobres (cf. especialmente 391 – 398).
v También lo hace convocándonos a ser de muchas maneras una “iglesia samaritana”, a dar una verificación histórica de la justicia y del amor de Dios en el mundo (cf. 1 Jn 2, 29 y 1 Jn 4, 7).
II. LA VOCACIÓN Y LA MISIÓN DE LOS LAICOS EN LA IGLESIA
1. El laico con autoridad en la Iglesia
Compromiso laical en el mundo y en la Iglesia se condicionan y fecundan mutuamente. “Reconocemos el valor y la eficacia de los consejos parroquiales, consejos diocesanos y nacionales de fieles laicos, porque incentivan la comunión y la participación en la Iglesia y su presencia activa en el mundo. La construcción de ciudadanía, en el sentido más amplio, y la construcción de eclesialidad en los laicos, es un solo y único movimiento” (215).
2. Las comunidades cristianas como lugares de renovación eclesial y afirmación de la vocación laical
a. Razones del abandono de la Iglesia católica por muchísimos. “Según nuestra experiencia pastoral, muchas veces, la gente sincera que sale de nuestra Iglesia no lo hace por lo que los grupos “no católicos” creen, sino, fundamentalmente, por lo que ellos viven; no por razones doctrinales sino vivenciales; no por motivos estrictamente dogmáticos, sino pastorales; no por problemas teológicos, sino metodológicos de nuestra Iglesia. Esperan encontrar respuestas a sus inquietudes. Buscan, no sin serios peligros, responder algunas aspiraciones que quizás no ha encontrado, como debería ser, en la Iglesia” (225). “Nuestros fieles buscan comunidades cristianas, en donde sean acogidos fraternalmente y se sientan valorados, visible y eclesialmente incluidos. Es necesario que nuestros fieles se sientan realmente miembros de una comunidad eclesial y corresponsables en su desarrollo. Eso permitirá un mayor compromiso y entrega en y por la Iglesia” (226).
b. Los Obispos en Aparecida abogan por la animación pastoral de las diócesis por planes de pastoral de conjunto (cf. 168 y 169). Insisten en una enérgica renovación parroquial que convierta la parroquia en comunidad de comunidades (cf. 170 y 172). Felicitan a los movimientos apostólicos así como otras agrupaciones cristianas por su dimensión comunitaria (cf. 99). Piden creatividad para suscitar nuevas comunidades (cf. 173).
c. Reconocen que solo en comunidades cristianas se da la estructura de la identidad de la Iglesia fiel a sus orígenes (cf. 158 y 251).
d. Para la renovación eclesial los Obispos privilegian cuatro ejes: la experiencia religiosa, la vivencia comunitaria, la formación bíblica-doctrinal y el compromiso misionero de toda la comunidad (cf. 226). Hay aquí un solemne reconocimiento de las comunidades cristianas como lugares privilegiados de iniciación en la fe, de formación integral y permanente, de maduración y afirmación de carismas y ministerios (cf. 162) así como compromiso misionero de los laicos.
e. Por comunidades cristianas fieles al evangelio surge esta Iglesia que no crece por proselitismo sino por atracción (cf. 159).
Conclusión: El Proyecto de Renovación Diocesana (PRD) y su afán de promover comunidades cristianas en las cuales se vive el misterio de comunión y se afirman laicas y laicos discípulos y misioneros de Jesús en el mundo y en la Iglesia.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
