jueves, 27 de octubre de 2011

“¡SEÑOR DE LOS MILAGROS, TEN COMPASIÓN DE NOSOTROS!”

Qué milagro!

Con frecuencia hacemos nuestra esta exclamación. La suelen pronunciar creyentes, agnósticos y ateos. Brota de una definición generalizada de lo que es un milagro. Según la manera de pensar de muchísima gente, erudita y no tan erudita, el milagro es un hecho sorprendente y maravilloso, que contradice las leyes de la naturaleza y se explica solamente por una intervención divina.

Muchísima gente en el mundo, abrumada por problemas y desgracias, imploran un milagro de esta naturaleza. Aparecen también en nuestras ciudades, con relativa frecuencia, “gurus” religiosos con su fama milagrera; llenan estadios de interesados.

¿Hablan la Biblia y la fe cristiana de este tipo de milagros?

2. Los “milagros” en la Biblia

En las buenas traducciones de la Biblia la palabra milagro con su sentido moderno no se encuentra. Para evocar realidades maravillosas, la Biblia habla de prodigios, signos, obras y portentos. Con estas palabras la Biblia señala en la creación, en la historia de la salvación y en la vida de Jesús realidades y sucesos maravillosos en los cuales la fe encuentra un signo, una señal, una huella, una manifestación del ser y actuar de Dios.

Sí, las maravillas de Dios ocupan mucho espacio en la Biblia. Muchas veces se describen en géneros literarios especiales que requieren una iniciación para su comprensión acertada. Los acontecimientos maravillosos en la historia de la salvación no quieren bloquearnos sobre lo que tengan de espectacular e inexplicable. Las maravillas de Dios en la Biblia son signos de su presencia salvadora: despiertan la fe, profundizan la fe, convocan en comunidad de fieles para celebrar al Dios de la Vida y ser sus mensajeros.

3. Los “milagros” de Jesús

“Jesús Nazareno fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo” (Lc 24, 19). Jesús dice de sí mismo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…” Las palabras que les digo, no las digo por mi cuenta y el Padre que permanece en mí, es el que realiza las obras…El que cree en mi, hará él también las obras que yo hago y aún mayores…” (cf Jn 14, 8-12).

En sus primeras páginas los evangelios sinópticos nos dicen que Jesús no cayó en la tentación de demostrar su condición de Hijo de Dios con manifestaciones de poder, fama y riqueza. Más de una vez Jesús toma distancia de quienes lo buscan para ver signos y prodigios y no los acogen con espíritu de fe (cf Mt 16, 1-4; Mc 8, 11-12 y Jn 4, 48).

Ahora bien, no cabe duda, numerosas personas, hombres y mujeres con nombre propio, individualizados y localizados, han experimentado en el encuentro con Jesús una recuperación extraordinaria de la salud del cuerpo y del alma. Jesús mismo interpreta sus sanaciones como signos de la venida del reino de Dios (cf Mt 12, 28) y casi siempre felicita a la persona curada y perdonada diciendo: “Tu fe te ha salvado”.

4. El signo de la Cruz

En los evangelios los signos prodigiosos de Jesús a favor de seres humanos sufridos gravitan hacia este signo salvador que es la muerte y resurrección de Jesús en la cruz. “Durante el ministerio de Jesús, los discípulos no fueron capaces de comprender que el sentido de su vida sellaba el sentido de su muerte. Mucho menos podían comprender que, según el designio del Padre, la muerte del Hijo era fuente de vida fecunda para todos (cf Jn 12, 23-24). El misterio pascual de Jesús es el acto de obediencia y amor al Padre y de entrega por sus hermanos, mediante el cual el Mesías dona plenamente aquella vida que ofrecía en caminos y aldeas de Palestina. Por su sacrificio voluntario, el Cordero de Dios pone su vida ofrecida en las manos del Padre (cf Lc 23, 46), quien lo hace salvación “para nosotros” (1Cor 1, 30). Por el misterio pascual, el Padre sella la nueva alianza y genera un nuevo pueblo que tiene por fundamento su amor gratuito de Padre que salva” (DA 143).

De una manera impactante San Pablo señala la significación de la Cruz de Cristo durante la predicación apostólica: “Mientras los judíos piden signos y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos y locura para los gentiles más para los llamados fuerza y sabiduría de Dios” (1 Cor 1, 22-25). Hermoso reconocimiento de la cruz de Cristo como manantial de vida en plenitud.

5. El Señor de los Milagros

En los inicios de la devoción al Señor de los Milagros hay un grupo de pobres del barrio de Pachacamilla en la todavía pequeña ciudad de Lima a mediados del siglo XVII. Gente desterrada, con hambre de pan, de dignidad y libertad levantan en sus encuentros con fe sus ojos hacia el Señor en la cruz. De todo corazón suplican: “Jesús, ten compasión de nosotros”. En el crucificado encuentran a un aliado, consuelo, alivio, perdón y aliento para hacer el bien al estilo de Jesús.

En el curso de los años la devoción al Señor de los Milagros se extenderá por todo el Perú y más allá de sus fronteras.

Nuevamente nos interpela el mes morado, el mes del Señor de los Milagros. ¡Levanta con fe tus ojos hacia la cruz en la procesión, en el templo parroquial, en tu cuarto o en la soledad del desierto! ¡Repite la oración que Jesús siempre escucha y atiende: “Jesús ten compasión de nosotros!” Los discípulos y misioneros del Señor harán sus obras y aún mayores en comunión con él. La fe en el Señor de los Milagros se verificará en nuestras obras de humanización.


miércoles, 9 de marzo de 2011

Se busca voluntarios para la cuaresma

Miércoles de ceniza cae este año el 9 de marzo. Este día se inicia la santa cuaresma. Muchos no lo sabrán. Se levantaran como todos los días, irán a su trabajo, acudirán al mercado y conversarán con otros sobre las banalidades de siempre. Ni siquiera los incontables que han presenciado, de cerca o de lejos, los juegos de carnaval, recuerdan que estos desmanes, en su origen, introducían a las observancias de la cuaresma.

En tiempos de cristiandad todas las instituciones de la sociedad, de alguna manera, señalaban el inicio de tiempos litúrgicos importantes. Esto se acabó. Dicen que debe haber separación entre el Estado y la Iglesia.

Entonces es cierto que se necesita voluntarios para celebrar la cuaresma: cristianos decididos de crecer en las siete semanas hasta la Semana Santa como ciudadanos, discípulos y misioneros de Jesucristo. La cuaresma 2011 tendrá un intenso colorido electoral que no debería impedirnos a elegir lo que es fundamental para la vida ciudadana y creyente.

Profundicemos brevemente las tres consignas tradicionales para hacer de la cuaresma un tiempo de gracia.

1.- ORAR:

El primer paso para lograr una buena oración consiste en entrar en silencio. ¡Busca el silencio en este rincón de la capilla que te gusta. Emprende la pequeña caminata por el desierto! También puedes encontrar el silencio en este pedazo de jardín de tu casa. Tal vez prefieres prolongar el tiempo de tu mirada sobre el crucifico de la sala. ¡Esfuérzate por mantenerte en silencio! Surgirán en tu conciencia los elementos que configuran la mentira y la verdad de tu vivir. ¡Aguanta la pena del pecado y agradece el logro de la fidelidad! Es bueno que se hagan presentes los que tanto importan en tu vida y que expresen sus sufrimientos y alegrías. También caben en la buena oración las tensiones sociales actuales en Chimbote, en el Perú y en el mundo.-

Ahora puedes invitar a tu Dios a mirar las vivencias que has recogido en tu silencio. Su mirada maternal es compasiva, acogedora, sanadora y transfiguradora. ¡Mira tú tu realidad con los ojos de Dios! Escucharás las palabras de la Buena Nueva. T e convertirás en Buena Nueva para muchos.

2.- HACER PENITENCIA:

Si no le gusta esta formulación un tanto anticuada, pueden sustituirla por: aprender a ser más libre. Quien revisa con lucidez y sinceridad su manera de ser y de actuar, se da cuenta de su falta de libertad e identidad propia. ¿Quién manda en mi vida: mis rutinas, las opiniones de los demás, las modas y propagandas, mis pequeños o grandes vicios? La cuaresma puede ser una oportunidad para hacerse más libre. No conviene proponerse algo extraordinario. Más bien conviene proponerse, hacer mejor lo que tenemos que hacer en lo ordinario de nuestra vida de comunicación, servicio y trabajo. Cuando nuestros deberes diarios y encuentros habituales reflejan el amor experimentado en la oración, nuestra pequeña historia personal se vuelve aconteciendo de salvación. Esto implica, tomar su vida en sus manos, escoger lo más fecundo, participar en el alumbramiento de bueno y nuevo, devenir uno mismo. Optando por lo bueno en mi alcance, muchas veces con renuncia y sacrificio, elijo ser alguien, adquiero identidad y más libertad.

3.-DAR LIMOSNA… COMPARTIR… AMAR:

La buena oración durante la cuaresma nos introduce en el mirar de Dios. Ya no podremos estar con indiferencia en un escenario marcado por el sufrimiento y ser cómplices de estructuras y conductas sociales injustas. La decisión de hacer mejor lo que tenemos que hacer conlleva el entrenamiento de nuestra voluntad para elegir lo amado y amar lo elegido.

En esta cuaresma 2011, movida por propaganda y rivalidad políticas, por oscuras y malas prácticas democráticas, nuestros ojos y nuestro corazón se dejan atraer por “el levantado en alto”, el Señor en la cruz, el que da la vida por sus amigos. Jesús en su pascua no solo es un ejemplo de fidelidad a la misión recibida, no solo es un modelo de libertad en medio de intrigas, no solo es práctica del amor hasta el extremo, también es fuente viva de amor para nosotros hoy.

Desde la cruz de Cristo brilla una luz que esclarece el camino posible y obligatorio en el laberinto de las condiciones históricas nuestras. Desde la cruz viene la orden de integrar comunidades y alianzas que se afanan en servir la grandeza de cada persona y así la gloria de Dios. La cruz de Cristo, su muerte y resurrección, es manantial vivo para quienes tienen hambre y sed de justicia. “Tomen y coman… tomen y beban… hagan esto en memoria mía”.

De verdad, para una buena cuaresma se necesita voluntarios. Termino la meditación recordando las palabras de Victor Frankl que coronan, a la vez, su paso por el campo de concentración y su sabiduría adquirida por la logoterapia: “¿Qué es en realidad el ser humano? Es el ser que decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero así mismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración”.

lunes, 24 de enero de 2011

“Y LA VERDAD LOS HARÁ LIBRES” (Jn 8,32)

1. Muchos escritores, oradores y habladores, cristianos y no cristianos, terminan una exposición afirmando: “La verdad los hará libres”. Con esto quieren decir que ellos tienen la razón y otros no. En general no se preocupan demasiado de donde vengan estas palabras, por lo que puedan significar en la Biblia, en el Evangelio de Juan y en la boca de Jesús. La frase completa de Jesús que contiene estas palabras, reza así: “Ustedes serán verdaderos discípulos míos, si perseveran en mi Palabra; entonces conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn 8, 31b-32).

2. En la Biblia “la verdad” es en primer lugar una cualidad de Dios mismo; solo en él se dan verdad y fidelidad plenas. Por eso, la verdad en los seres humanos y entre ellos significa estar en comunión con Dios antes de referirse a una relación correcta entre una afirmación nuestra y la realidad. Ser verdadero significa moverse en Dios – Verdad.

3. Jesús es el revelador de la verdad divina. “Yo soy el camino, la verdad y la vida…; el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (cf. Jn 14, 1-10). Jesús revela “el rostro humano de Dios y el rostro divino del ser humano” (Benedicto XVI). Lo vemos en su manera de entrar en nuestro mundo y de convivir con nosotros. Lo podemos verificar en su manera de mirar y evaluar lo que sucede. Lo comprobamos en su afán de sanar y perdonar. Lo admiramos en su valentía al enfrentar mentiras y defender la dignidad de toda persona. Nadie como él en practicar con autoridad la unidad entre el amor a Dios y al prójimo.

4. En su manera de ser y de actuar Jesús manifiesta que la verdad es el amor de Dios a nosotros y nuestro mundo. Por eso, Jesús es verdad entregándose por amor. “En él todo era don amoroso y verdad” (cf. Jn 1, 14). En su Pascua, por su muerte y resurrección, la verdad de Dios y la verdad del ser humano se encuentran: en este encuentro de amor acontece nuestra salvación.

5. Desde la cruz Jesús nos envía el Espíritu de la Verdad, el Espíritu del Amor. En el soplo de Jesús somos enviados como el Padre lo envió a Él (cf. Jn 20, 21-22). Hay que renacer en el Espíritu de Jesús (cf. Jn 3, 1-8); él nos recordará todo lo que Jesús nos ha dicho (cf. Jn 14, 17;26); en él podemos hacer las mismas obras que hizo Jesús (cf. Jn 14, 12). En el Espíritu Santo, podemos ser de verdad discípulos de Jesús, conocer la verdad que nos hace libres.

6. La verdad nos hará libres como Jesús, libres para amar. Tendrás la fuerza para nadar contra la corriente. Encontrarás alegría en caminar por los caminos menos trillados. La vida por salvar será más importante para ti que costumbres, tradiciones y leyes. Optemos por la verdad del grano de trigo: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). ¿Seremos algún día capaces de decir como Jesús: “Mi vida, nadie me la quita; yo la entrego voluntariamente”? (Jn 10, 18).

7. Seguimos lamentando la corrupción que se extiende en el país. Seguimos cantando el himno nacional. Seguimos diciéndonos (casi todos) cristianos. Pues, demos pruebas de ciudadanía verdadera y vida cristiana verdadera y la verdad nos hará libres.

sábado, 1 de enero de 2011

BAJO LA MIRADA MATERNAL DE DIOS

  1. Las madres no se cansan de contemplar al pequeño o a la pequeña que ha nacido de sus entrañas. Su mirada goza durante horas de cada nuevo movimiento que se percibe en este cuerpo frágil. Los ojos amorosos de la madre encuentran eco, respuesta en esta vida nueva que vibra bajo esta mirada que anima, que felicita, que despierta confianza, que convence que vivir es hermoso. ¡Cómo penetrar en este mundo, en esta historia sin el aliento de una madre!

  1. Mientras viva la madre mantendrá la mirada sobre sus hijos. Tendrá que aprender hacerlo con discreción y guardando distancias, porque la vida que ha alumbrado, no es su propiedad; es una libertad distinta de la suya, es alguien que quiere y que debe volar con sus propias alas.

La mirada de la madre se vuelve preocupada, porque ciertas discapacidades, que ella notó desde muy temprano en su vástago, limitan y hasta desvían esta vida que nació de su seno. En silencio los ojos de la madre lloran, pero se inflaman con más amor y esperan el regreso, perdonan y son el origen de algo nuevo.

3. La mirada amorosa de la madre remite a su fuente, a Dios.

4. La primera página de la Biblia nos dice que Dios creó cielo y tierra y todo lo que hay en ellos. Una antífona alegre brota de su corazón al término de cada día creador: “Vio Dios que estaba bien”. Inclusive, cuando el sexto día Dios termina su obra con la creación del ser humano, hombre y mujer, puntualiza el libro Génesis: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien”. ¡Cómo no tomar el séptimo día para mirar lo que había hecho con amor, para contemplar la exuberancia de la vida y gozar de ella!

Los ojos de Dios buscarán siempre a los seres humanos que se extravían por el mal uso de su libertad. Dios ve la aflicción de su pueblo y le revela su nombre: “Yo soy el que soy. Yo soy y doy el ser. Yo existo y hago existir. Yo vivo y hago vivir” (cf. Ex. 3,7-15). Las entrañas de Dios son como las de una madre. Como una madre Él no lleva en sus brazos, nos acaricia y consuela (cf. Is 66, 12-13). Podría ser que una madre humana se olvide del fruto de sus entrañas, Dios nunca se olvidará de su pueblo (cf. Is 49,14-16).

Sus ojos ven la pequeñez de María de Nazareth y encuentra de parte de ella el “sí” libre y amoroso que le permite ser uno de nosotros, hacerse carne nuestra y habitar entre nosotros. Quien ha visto a Jesús, ha visto al Padre (cf. Jn 14, 9). “Este es mi hijo amado a quien miro con cariño” (Mt 3, 17).

5. En Nazareth, durante treinta años, los ojos de Jesús se llenan de las maravillas de Dios en su creación y estos mismos ojos ven lo que va en contra de la voluntad del Padre. Sus parábolas son el reflejo de alguien que con cariño ha observado las hermosuras de este mundo, pero también son miradas severas sobre conductas humanas que niegan el reino.

Los relatos evangélicos, con mucha frecuencia, mencionan la mirada de Jesús. Recordemos – no de una manera exhaustiva – esta mirada habitada por Dios. Jesús, al pasar, ve al publicano Leví en su mostrador de impuestos (cf. Mt 9, 9-13) y levanta la vista hacia el publicano Zaqueo en el árbol (cf. Lc 19, 1-10). Un día, al desembarcar, vio a mucha gente concentrada, sintió compasión de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor (cf. Mc 6,34). En la Sinagoga se fija en el hombre con la mano paralizada y en la mujer encorvada y mira con ira y pena a los representantes de la Ley que le reprochan de curar a enfermos el día sábado (cf. Mc 3, 1-6 y Lc 13, 10-17). Cuando el llamado joven rico le confiesa la observancia de los mandamientos, Jesús lo mira con cariño (cf. Mc 10, 17-22). En el templo Jesús observa a los que hacen donativos valiosos y felicita a la pobre viuda que dio lo que necesitaba para vivir (cf. Lc 21, 1-4). El evangelio de Juan menciona que Jesús en la cruz “viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27).

6. La mirada amorosa de la madre sobre sus hijos nos llevó a contemplar la mirada maternal de Dios sobre nosotros. Somos mirados por Él para que miremos con Él y como Él. –“El mirar de Dios es amar” (S. Juan de la Cruz).