- Las madres no se cansan de contemplar al pequeño o a la pequeña que ha nacido de sus entrañas. Su mirada goza durante horas de cada nuevo movimiento que se percibe en este cuerpo frágil. Los ojos amorosos de la madre encuentran eco, respuesta en esta vida nueva que vibra bajo esta mirada que anima, que felicita, que despierta confianza, que convence que vivir es hermoso. ¡Cómo penetrar en este mundo, en esta historia sin el aliento de una madre!
- Mientras viva la madre mantendrá la mirada sobre sus hijos. Tendrá que aprender hacerlo con discreción y guardando distancias, porque la vida que ha alumbrado, no es su propiedad; es una libertad distinta de la suya, es alguien que quiere y que debe volar con sus propias alas.
La mirada de la madre se vuelve preocupada, porque ciertas discapacidades, que ella notó desde muy temprano en su vástago, limitan y hasta desvían esta vida que nació de su seno. En silencio los ojos de la madre lloran, pero se inflaman con más amor y esperan el regreso, perdonan y son el origen de algo nuevo.
3. La mirada amorosa de la madre remite a su fuente, a Dios.
4. La primera página de la Biblia nos dice que Dios creó cielo y tierra y todo lo que hay en ellos. Una antífona alegre brota de su corazón al término de cada día creador: “Vio Dios que estaba bien”. Inclusive, cuando el sexto día Dios termina su obra con la creación del ser humano, hombre y mujer, puntualiza el libro Génesis: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien”. ¡Cómo no tomar el séptimo día para mirar lo que había hecho con amor, para contemplar la exuberancia de la vida y gozar de ella!
Los ojos de Dios buscarán siempre a los seres humanos que se extravían por el mal uso de su libertad. Dios ve la aflicción de su pueblo y le revela su nombre: “Yo soy el que soy. Yo soy y doy el ser. Yo existo y hago existir. Yo vivo y hago vivir” (cf. Ex. 3,7-15). Las entrañas de Dios son como las de una madre. Como una madre Él no lleva en sus brazos, nos acaricia y consuela (cf. Is 66, 12-13). Podría ser que una madre humana se olvide del fruto de sus entrañas, Dios nunca se olvidará de su pueblo (cf. Is 49,14-16).
Sus ojos ven la pequeñez de María de Nazareth y encuentra de parte de ella el “sí” libre y amoroso que le permite ser uno de nosotros, hacerse carne nuestra y habitar entre nosotros. Quien ha visto a Jesús, ha visto al Padre (cf. Jn 14, 9). “Este es mi hijo amado a quien miro con cariño” (Mt 3, 17).
5. En Nazareth, durante treinta años, los ojos de Jesús se llenan de las maravillas de Dios en su creación y estos mismos ojos ven lo que va en contra de la voluntad del Padre. Sus parábolas son el reflejo de alguien que con cariño ha observado las hermosuras de este mundo, pero también son miradas severas sobre conductas humanas que niegan el reino.
Los relatos evangélicos, con mucha frecuencia, mencionan la mirada de Jesús. Recordemos – no de una manera exhaustiva – esta mirada habitada por Dios. Jesús, al pasar, ve al publicano Leví en su mostrador de impuestos (cf. Mt 9, 9-13) y levanta la vista hacia el publicano Zaqueo en el árbol (cf. Lc 19, 1-10). Un día, al desembarcar, vio a mucha gente concentrada, sintió compasión de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor (cf. Mc 6,34). En la Sinagoga se fija en el hombre con la mano paralizada y en la mujer encorvada y mira con ira y pena a los representantes de la Ley que le reprochan de curar a enfermos el día sábado (cf. Mc 3, 1-6 y Lc 13, 10-17). Cuando el llamado joven rico le confiesa la observancia de los mandamientos, Jesús lo mira con cariño (cf. Mc 10, 17-22). En el templo Jesús observa a los que hacen donativos valiosos y felicita a la pobre viuda que dio lo que necesitaba para vivir (cf. Lc 21, 1-4). El evangelio de Juan menciona que Jesús en la cruz “viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27).
6. La mirada amorosa de la madre sobre sus hijos nos llevó a contemplar la mirada maternal de Dios sobre nosotros. Somos mirados por Él para que miremos con Él y como Él. –“El mirar de Dios es amar” (S. Juan de la Cruz).

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