lunes, 24 de enero de 2011

“Y LA VERDAD LOS HARÁ LIBRES” (Jn 8,32)

1. Muchos escritores, oradores y habladores, cristianos y no cristianos, terminan una exposición afirmando: “La verdad los hará libres”. Con esto quieren decir que ellos tienen la razón y otros no. En general no se preocupan demasiado de donde vengan estas palabras, por lo que puedan significar en la Biblia, en el Evangelio de Juan y en la boca de Jesús. La frase completa de Jesús que contiene estas palabras, reza así: “Ustedes serán verdaderos discípulos míos, si perseveran en mi Palabra; entonces conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn 8, 31b-32).

2. En la Biblia “la verdad” es en primer lugar una cualidad de Dios mismo; solo en él se dan verdad y fidelidad plenas. Por eso, la verdad en los seres humanos y entre ellos significa estar en comunión con Dios antes de referirse a una relación correcta entre una afirmación nuestra y la realidad. Ser verdadero significa moverse en Dios – Verdad.

3. Jesús es el revelador de la verdad divina. “Yo soy el camino, la verdad y la vida…; el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (cf. Jn 14, 1-10). Jesús revela “el rostro humano de Dios y el rostro divino del ser humano” (Benedicto XVI). Lo vemos en su manera de entrar en nuestro mundo y de convivir con nosotros. Lo podemos verificar en su manera de mirar y evaluar lo que sucede. Lo comprobamos en su afán de sanar y perdonar. Lo admiramos en su valentía al enfrentar mentiras y defender la dignidad de toda persona. Nadie como él en practicar con autoridad la unidad entre el amor a Dios y al prójimo.

4. En su manera de ser y de actuar Jesús manifiesta que la verdad es el amor de Dios a nosotros y nuestro mundo. Por eso, Jesús es verdad entregándose por amor. “En él todo era don amoroso y verdad” (cf. Jn 1, 14). En su Pascua, por su muerte y resurrección, la verdad de Dios y la verdad del ser humano se encuentran: en este encuentro de amor acontece nuestra salvación.

5. Desde la cruz Jesús nos envía el Espíritu de la Verdad, el Espíritu del Amor. En el soplo de Jesús somos enviados como el Padre lo envió a Él (cf. Jn 20, 21-22). Hay que renacer en el Espíritu de Jesús (cf. Jn 3, 1-8); él nos recordará todo lo que Jesús nos ha dicho (cf. Jn 14, 17;26); en él podemos hacer las mismas obras que hizo Jesús (cf. Jn 14, 12). En el Espíritu Santo, podemos ser de verdad discípulos de Jesús, conocer la verdad que nos hace libres.

6. La verdad nos hará libres como Jesús, libres para amar. Tendrás la fuerza para nadar contra la corriente. Encontrarás alegría en caminar por los caminos menos trillados. La vida por salvar será más importante para ti que costumbres, tradiciones y leyes. Optemos por la verdad del grano de trigo: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). ¿Seremos algún día capaces de decir como Jesús: “Mi vida, nadie me la quita; yo la entrego voluntariamente”? (Jn 10, 18).

7. Seguimos lamentando la corrupción que se extiende en el país. Seguimos cantando el himno nacional. Seguimos diciéndonos (casi todos) cristianos. Pues, demos pruebas de ciudadanía verdadera y vida cristiana verdadera y la verdad nos hará libres.

sábado, 1 de enero de 2011

BAJO LA MIRADA MATERNAL DE DIOS

  1. Las madres no se cansan de contemplar al pequeño o a la pequeña que ha nacido de sus entrañas. Su mirada goza durante horas de cada nuevo movimiento que se percibe en este cuerpo frágil. Los ojos amorosos de la madre encuentran eco, respuesta en esta vida nueva que vibra bajo esta mirada que anima, que felicita, que despierta confianza, que convence que vivir es hermoso. ¡Cómo penetrar en este mundo, en esta historia sin el aliento de una madre!

  1. Mientras viva la madre mantendrá la mirada sobre sus hijos. Tendrá que aprender hacerlo con discreción y guardando distancias, porque la vida que ha alumbrado, no es su propiedad; es una libertad distinta de la suya, es alguien que quiere y que debe volar con sus propias alas.

La mirada de la madre se vuelve preocupada, porque ciertas discapacidades, que ella notó desde muy temprano en su vástago, limitan y hasta desvían esta vida que nació de su seno. En silencio los ojos de la madre lloran, pero se inflaman con más amor y esperan el regreso, perdonan y son el origen de algo nuevo.

3. La mirada amorosa de la madre remite a su fuente, a Dios.

4. La primera página de la Biblia nos dice que Dios creó cielo y tierra y todo lo que hay en ellos. Una antífona alegre brota de su corazón al término de cada día creador: “Vio Dios que estaba bien”. Inclusive, cuando el sexto día Dios termina su obra con la creación del ser humano, hombre y mujer, puntualiza el libro Génesis: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien”. ¡Cómo no tomar el séptimo día para mirar lo que había hecho con amor, para contemplar la exuberancia de la vida y gozar de ella!

Los ojos de Dios buscarán siempre a los seres humanos que se extravían por el mal uso de su libertad. Dios ve la aflicción de su pueblo y le revela su nombre: “Yo soy el que soy. Yo soy y doy el ser. Yo existo y hago existir. Yo vivo y hago vivir” (cf. Ex. 3,7-15). Las entrañas de Dios son como las de una madre. Como una madre Él no lleva en sus brazos, nos acaricia y consuela (cf. Is 66, 12-13). Podría ser que una madre humana se olvide del fruto de sus entrañas, Dios nunca se olvidará de su pueblo (cf. Is 49,14-16).

Sus ojos ven la pequeñez de María de Nazareth y encuentra de parte de ella el “sí” libre y amoroso que le permite ser uno de nosotros, hacerse carne nuestra y habitar entre nosotros. Quien ha visto a Jesús, ha visto al Padre (cf. Jn 14, 9). “Este es mi hijo amado a quien miro con cariño” (Mt 3, 17).

5. En Nazareth, durante treinta años, los ojos de Jesús se llenan de las maravillas de Dios en su creación y estos mismos ojos ven lo que va en contra de la voluntad del Padre. Sus parábolas son el reflejo de alguien que con cariño ha observado las hermosuras de este mundo, pero también son miradas severas sobre conductas humanas que niegan el reino.

Los relatos evangélicos, con mucha frecuencia, mencionan la mirada de Jesús. Recordemos – no de una manera exhaustiva – esta mirada habitada por Dios. Jesús, al pasar, ve al publicano Leví en su mostrador de impuestos (cf. Mt 9, 9-13) y levanta la vista hacia el publicano Zaqueo en el árbol (cf. Lc 19, 1-10). Un día, al desembarcar, vio a mucha gente concentrada, sintió compasión de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor (cf. Mc 6,34). En la Sinagoga se fija en el hombre con la mano paralizada y en la mujer encorvada y mira con ira y pena a los representantes de la Ley que le reprochan de curar a enfermos el día sábado (cf. Mc 3, 1-6 y Lc 13, 10-17). Cuando el llamado joven rico le confiesa la observancia de los mandamientos, Jesús lo mira con cariño (cf. Mc 10, 17-22). En el templo Jesús observa a los que hacen donativos valiosos y felicita a la pobre viuda que dio lo que necesitaba para vivir (cf. Lc 21, 1-4). El evangelio de Juan menciona que Jesús en la cruz “viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27).

6. La mirada amorosa de la madre sobre sus hijos nos llevó a contemplar la mirada maternal de Dios sobre nosotros. Somos mirados por Él para que miremos con Él y como Él. –“El mirar de Dios es amar” (S. Juan de la Cruz).

“Y LA VERDAD LOS HARÁ LIBRES” (Jn 8,32)

1. Muchos escritores, oradores y habladores, cristianos y no cristianos, terminan una exposición afirmando: “La verdad los hará libres”. Con esto quieren decir que ellos tienen la razón y otros no. En general no se preocupan demasiado de donde vengan estas palabras, por lo que puedan significar en la Biblia, en el Evangelio de Juan y en la boca de Jesús. La frase completa de Jesús que contiene estas palabras, reza así: “Ustedes serán verdaderos discípulos míos, si perseveran en mi Palabra; entonces conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn 8, 31b-32).

2. En la Biblia “la verdad” es en primer lugar una cualidad de Dios mismo; solo en él se dan verdad y fidelidad plenas. Por eso, la verdad en los seres humanos y entre ellos significa estar en comunión con Dios antes de referirse a una relación correcta entre una afirmación nuestra y la realidad. Ser verdadero significa moverse en Dios – Verdad.

3. Jesús es el revelador de la verdad divina. “Yo soy el camino, la verdad y la vida…; el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (cf. Jn 14, 1-10). Jesús revela “el rostro humano de Dios y el rostro divino del ser humano” (Benedicto XVI). Lo vemos en su manera de entrar en nuestro mundo y de convivir con nosotros. Lo podemos verificar en su manera de mirar y evaluar lo que sucede. Lo comprobamos en su afán de sanar y perdonar. Lo admiramos en su valentía al enfrentar mentiras y defender la dignidad de toda persona. Nadie como él en practicar con autoridad la unidad entre el amor a Dios y al prójimo.

4. En su manera de ser y de actuar Jesús manifiesta que la verdad es el amor de Dios a nosotros y nuestro mundo. Por eso, Jesús es verdad entregándose por amor. “En él todo era don amoroso y verdad” (cf. Jn 1, 14). En su Pascua, por su muerte y resurrección, la verdad de Dios y la verdad del ser humano se encuentran: en este encuentro de amor acontece nuestra salvación.

5. Desde la cruz Jesús nos envía el Espíritu de la Verdad, el Espíritu del Amor. En el soplo de Jesús somos enviados como el Padre lo envió a Él (cf. Jn 20, 21-22). Hay que renacer en el Espíritu de Jesús (cf. Jn 3, 1-8); él nos recordará todo lo que Jesús nos ha dicho (cf. Jn 14, 17;26); en él podemos hacer las mismas obras que hizo Jesús (cf. Jn 14, 12). En el Espíritu Santo, podemos ser de verdad discípulos de Jesús, conocer la verdad que nos hace libres.

6. La verdad nos hará libres como Jesús, libres para amar. Tendrás la fuerza para nadar contra la corriente. Encontrarás alegría en caminar por los caminos menos trillados. La vida por salvar será más importante para ti que costumbres, tradiciones y leyes. Optemos por la verdad del grano de trigo: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). ¿Seremos algún día capaces de decir como Jesús: “Mi vida, nadie me la quita; yo la entrego voluntariamente”? (Jn 10, 18).

7. Seguimos lamentando la corrupción que se extiende en el país. Seguimos cantando el himno nacional. Seguimos diciéndonos (casi todos) cristianos. Pues, demos pruebas de ciudadanía verdadera y vida cristiana verdadera y la verdad nos hará libres.